domingo, mayo 15, 2011

La muerte

Hoy me vienen a llamar de la muerte, justo ahora que termina la hora de los muertos, se ha asomado a mi puerta con su figura perfecta y me ha llamado por mi nombre. Se ha acomodado las gafas y me invita a seguirla dejando todo atrás, dejando el computador encendido y la familia dormida, el cigarro a medio fumar y la madrugada sin dormir.

De pronto me resisto y trato de irme a la cama, de esconderme bajo las cobijas como cuando niño, de  refugiarme en los brazos de la amada que duerme sin sospechar este destino de adioses permanentes y desconsiderados espíritus de la muerte.

Ha venido pidiendo permiso para entrar; y aún así inesperada, en mal momento, el fin de semana planeado que no  será y la comida planeada de mañana sin hacer, la cita del lunes, las finanzas en acomodo, la descarga sin escuchar, el cuento sin escribir.

Hoy ha venido la muerte a llamarme al silencio, dejando el cuerpo tirado sobre el computador a medio adelgazar, a medio dejar de fumar, a medio padre y medio amarte, mientras duermes, justo cuando  lo demás es silencio y apenas, dios me medio salva, y alguien tenía que decirlo.

Los ojos muy rojos en el espejo, la vida que se va ajena, las uñas comidas y la vejiga sin vaciar, el niño que llama a su madre a encontrarme, la madrugada sin acabar; hoy la muerte me ha llamado al olvido y me resisto a despertar en el mar donde duermes a mi lado, tan lejos de acá, mientras los gallos todavía no cantan, expectantes de la muerte.

sábado, mayo 07, 2011

El infierno.


Yo no quiero irme al infierno, más no tengo otro camino. Conforme la vida se acorta se acerca la muerte, y con ella el destino; he tenido a dios como apaga fuegos en mi vida, él ha respondido, y tras ello yo lo he vuelto a olvidar  hasta la próxima vez. Pero que puedo hacer si mi naturaleza es esa? Soy malo y pecaminoso por naturaleza, no con otros o haciendo el mal, pero he abandonado el dogma por completo y me he entregado a los placeres de los adoradores del sentido, me he creído inmortal y he sido, todo lo que no se debe ser. 
Tú me dijiste que te arrancara las ropitas y lo he hecho, te he practicado el sexo una y otra vez sin meritos matrimoniales de por medio, a ti y a otra decena más al menos, he sido pecaminoso con el sexo y el tiempo ha trascurrido así, y me vengo a enterar justo ahora, 32 años tarde que mis acciones me llevarán al infierno y no puedo hacer nada por deshacerlo.
La pereza de ser cristiano y salvarme me ha conducido a esta deuda, hay quiénes me prometen que el arrepentimiento me salvará, que pagando la cuota mensual el señor se apiadará de mí y de el alma que creo que a veces no tengo, pero si me arrepiento, la verdad no seré sincero, no será por el remordimiento de mis acciones, si no por miedo, y creo  que eso no se vale en este juego, mucho menos si es cierto que dios sabe lo que hay en mi corazón.
Veo lo que veo y me dicen que es siniestro, y mientras medito lo frágil que es mi vida y lo cercano que soy a la muerte con mis excesos, adormecido viajo en este bus a media noche rodeado de fantasmas y soledades, y justo dos asientos después de mí viaja el pecado; una rubia con los muslos descubiertos que además de cuando en cuando me vuelve a ver y me sonríe, invitándome a el pecado nuevamente.
Justo delante de ella una anciana de apariencia milenaria y con ojos inquisidores me recuerda, que su recato debe ser en la vida de cada buen cristiano una norma imposible de saltar.
Tengo miedo de morirme e irme al infierno, miedo de hacerle el amor a esta rubia que cada vez me invita más al pecado, pero he cruzado el pasillo para hablarle y pedirle el teléfono, y mientras ella anota un nombre y un número en un boucher de cajero automático, puedo ver con detenimiento a la anciana delgada y larguirucha que como súccubus retirada seduce mi miedo, huele a añeja, a rancio y a guardado, de su cartera salen cucarachas que luego se esconden bajo el asiento.
Nunca pensé en la necesidad de ir al cielo para evadir al infierno, y no sé cómo ser bueno, nunca me interesó serlo; pero mientras ella sonreía escribiendo, delante de mí, notablemente inquieta la anciana, de cuello cerrado has el cuello, y rosario en mano, me mostraba un desconocido; para mí; ritual de vida; y es que la idea del infierno llegó a mí en forma de panfleto hace algunos días, retratando mi yo tan normal como un camino seguro al infierno, y esto me acosa desde entonces. Parado allí pareció detenerse el tiempo, disputando entre el pecado y la salvación mis sentidos, mi visión en los muslos de la escribiente, pero sin poder negar el olor a guardado de la anciana, que en toda su delgadez y su juventud añeja, había sido guardada en un closet por mucho tiempo, muñeca rara, olvidada y rota que de pronto me pareció atractiva debajo de su recato de negras ropas, sombra joven y vieja en una sola.
Noche de siempre y encuentros; de gente rara en el bus, desvíos de mirada, al fin todos éramos extraños como ella cada, ante tanto susto y superchería morbosa que se ejercitaba en esa noche, mientras me entregan con una sonrisa el nombre y el número del pecado, creo que si esa sombra se acerca, no podré más que sentirme tan inquieto por el destino.
Y me siento papel en mano, mientras la rubia hace la parada, y allí mismo una señora se sienta sobre la anciana que no existe y aparece sentada sobre mí, sin mirarme y recatada, con sus manos sobre los muslos tapados por una larga falta, que huele a guardado inevitablemente, notable, como mi miedo de ir al infierno.
me levanto arrugando el papel entonces, miró atrás los campos desocupados de mi asiento, tiro el número en la basura y hago la parada en un sitio desconocido, todo con tal de escapar de su juicio invisible de silencio, tan temeroso de este dios que me manda al infierno, mientras a lo lejos vuelvo a ver los muslos de la rubia que caminan hacia mí, que ya libre de los ojos huecos de la anciana me llevarán derecho al infierno de su cama y lejos del cielo que no entiendo.

sábado, abril 16, 2011

Mi muerte, mi destino y Dick Tracy


Hoy mi muerte ha venido a sentarse a tomar el café de la mañana conmigo, y me ha preguntado cómo me siento. Le he dicho que estoy bien, más allá del stress del trabajo y las penurias financieras; que veo con esperanza el mañana; al menos hasta ese instante en que tras el primer sorbo de café, apareció sentada frente a mí al otro lado de la mesa. Lleva puesta una gabardina caqui y un sombrero, inevitablemente me recuerda a Dick Tracy y me hace sonreír; parece a gusto con el hecho de que no me causa miedo, si no una extraña familiaridad.
Termino el café y me levanto, le he advertido que seguiré con el día normal que me espera, que no me quedaré sentado allí, esperando que me tome de la mano para llevarme caminando al olvido, pero no puedo obviarla, la estaré buscando en cada esquina cuando salga hacía el trabajo, sin duda estaré alerta a cada paso, tratando de evitarla, de engañarla, de sortearla, pero no librare un pulso ahí sentado con su mirada invisible tatuada en unos ojos inexistentes, mientras advierto que no tiene rostro.
Dejo la taza en el fregadero, al voltear ya no está en mi mesa, quizás quiso terminar con esto desde buena mañana, pero no lo hizo, me permitió lavarme los dientes, terminar de mudarme, alistar un sándwich, despedirme de todos & salir de la casa.
Apenas crucé el parque logré verla en una banca, sentado igual que en mi mesa leyendo los sucesos de un periódico que me interesó por la fecha; nada extraño, todos quisiéramos saber la fecha de nuestra muerte. Apenas si levantó la mirada mientras yo cruzaba el parque, inevitablemente tuve que sentarme junto a ella, le pedí permiso para fumarme un cigarro mientras en mi mente se arremolinaba su presencia tan notable, tan frustrante, a fin de cuentas todos tenemos una muerte destinada en la mesa o en una plaza, pero dudo que para todos sea tan presente y anunciada como esta, y mientras me da el permiso desinteresado de que fume solo murmura sin dejar de leer, que no me preocupe por ello, que a fin de cuentas el cigarro no va a matarme. Tan solo un par de subidas y me atrevo a preguntar, por que se presenta así, por que se anuncia acompañándome, quiero saber cómo y en qué momento del día será; y tan escurridiza como impredecible, aparta la vista solo un segundo del periódico para apurarme a que llegue al trabajo, que no vale la pena retrasarme hoy en particular, yo apago la chinga con el pie y luego  la tiro en la basura, mientras ella en su cuerpo de héroe de historieta vuelve al periódico con un aire  de indiferencia, como si quisiera que la obvie, sin lograrlo. Volteo a verla allí tan tranquila leyendo, no menos de tres veces antes de llegar a la esquina, e indiferente se queda allí como si no nos hubiéramos visto esta mañana, o hace unos segundos, y entonces tres chicas llenas de vida que no lo notan, cruzan sobre mí en la pasarela del parque, no llevan tantos otoños deshojándoles la piel como yo, que dejo caer hasta mi mirada enredado en el destino marcado que no logro ver venir desde la nada.
Y el día pasa entre llamadas y reuniones, papelería y reclamos, y yo sin ti viviendo este último día y la encrucijada, me disculpo con la excusa de una fuerte migraña, para estar contigo y los niños, sin saber si lograré llegar a casa, hoy esta ciudad parece un poco más peligrosa que de costumbre, más caras raras que me siguen en la acera, más conductores asesinos que de costumbre. Quizás pienso un segundo enredado en otros pensamientos, en el chequeo médico que postergue mucho tiempo y ya no debe valer de nada, y me apuro tomando un taxi, y recapitulo los pagos del seguro, las cuotas que faltan de la casa, solo quiero saber que cuando vuelva a encontrarla podré irme tranquilo, pero no puedo, pendiente de tres o cuatro temas a la vez ya ni siquiera soy claro para el dios que escribe mis pensamientos en una plantilla en blanco y que tal vez al igual que yo, tiene sentada a la muerte del otro lado de su mesa. Será así acaso? Cuándo deje de ser dueño de mi destino?
Llego a casa antes que todos, y ahí está ella, ya mi inquietud es más grande que mi entereza, y me siento en la mesa a mirarla, me sostiene su mirada vacía de ojos huecos, la penumbra va llenando la casa, y la tarde se vuelve noche cuando ya no puedo sostenerle la vista, y caigo rendido por un pesado sueño sobre la mesa.
Me despiertan los niños, tras ellos mi mujer, los niños no se dan cuenta, pero Ana fija en mí su mirada preocupada, me incorporo y busco a mi muerte sin encontrarla, abrazo a mi mujer y beso a los niños, solo me excuso con el mismo cuento de la migraña, entonces la noche sigue como siempre.
Cenamos, vemos televisión y acostamos a los niños a las nueve, ya en el cuarto sigo buscándola, solo una paloma negra vuela cerca del bombillo y magnifica su sombra, Ana se cambia y quiere cuidar de mí, su cariño poco a poco se vuelve seducción, aunque yo le sigo buscando sin reconocerla, la noche es de pronto tan familiar que la olvido un rato mientras le hago el amor a mi mujer, aunque sin que ella lo noté pierdo mi mirada y los pensamientos vuelven a abalanzarse sobre mí de forma desordenada, hasta que Ana cae rendida tras la jornada y el acto en que la amo quizás por última vez. Me acuesto a su lado con demasiadas preguntas y miedo a sus respuestas, padezco de insomnio la noche y la madrugada en que mi muerte  ha venido a sentarse a tomar el café de la mañana conmigo, y conforme de nuevo el sueño se me viene encima con la madrugada, agradezco el gesto de dejarme finalmente emprender el viaje en mi cama, habiendo sido un buen marino y padre por última vez, mientras caigo dormido de a poco, y la escucho llamarme desde el olvido, de pie en el quicio de la puerta, seguro por fin de que no habrá café en la mañana mientras la última hoja de mi otoño se queda en nuestra cama. Gracias por el viaje.

sábado, abril 09, 2011

Mariposas sin alas.

Tú y yo que nos conocemos de otra vida, que dormimos al lado en océanos cósmicos lejanos, que hoy nos encontramos en el silencio de las sombras que se encuentran en las penumbras del sueño.
Porque tú y yo nos conocemos de otra vida, y sin embargo, nos sentimos incapaces algún día de caminar sin nosotros, de ir tras caminos absurdos y de otros, nos equivocamos, sufrimos, lloramos, reímos, gemimos, y sin embargo, seguimos aquí, a veces tan lejanos, que creemos que el mundo es poco, tan breve, tan extraño; jamás podré negar que te amo, que somos los mismos que se reconocieron sin haberse visto nunca.
Tengo ganas de irme a un lugar olvidado contigo, a escuchar canciones de las que nadie recuerda el nombre, cuando haga frio y sople el viento de lluvia y la gente se vaya a casa porque se siente poco, expuesta a la intemperie; porque yo ahí, solo mirándote y de tu mano; me sentiré seguro... y vuelve a sonar la nostalgia en el eco de la canción del olvido, será algún clásico olvidado de un grupo sin nombre que solo tú y yo reconocemos como nuestra canción.
La cama está hecha, y aunque es de madrugada, te limitas a tomarte las rodillas haciéndote pequeña en un rincón, pequeña y sentada entre tus piernas, sosteniendo los brazos y viceversa en tus rodillas, mientras yo clavo mariposas muertas en la pared, sobre la cama hecha donde ya no duermes, ni hacemos el amor.
Descalza por el camino de tierra sales a buscarme, me reclamas, me gritas! me llamas! y no encuentro como devolverte a la cama cubierta por esta sobrecama de alas arrancadas a los simples gusanos que clavo en la pared, que se retuercen cuando les pongo un clavo en medio, y se transforman en silencio.
Y encuentro tus ojos siguiendo tus lágrimas, y encuentro tus manos en el vacío donde me buscas, y encuentro tu boca en mi nombre que llamas, hay un monstro creciendo en tu cabeza; una mariposa negra con ojos de la muerte, que miran perdidos a mi sombra que clava otro gusano sin alas; que meto bajo tu almohada junto a una hoja seca que te diga todo lo que no puedo en la mañana,;  sacarás tus manos de abajo de ella, apretando en tu puño las alas rotas de el deseo invisible que nos separa.
Sabrás entonces que fuiste mía de nuevo, sin encontrar mi cuerpo a tu lado, porque las alas bajo tu piel desnuda te harán el amor dormida de madrugada; sexo con amor de los ausentes; que vuelven invisibles los clavos de ataúd en tu pared, con gusanos sin alas retorcidos, que solo vendré a desclavar cada noche, para poner nuevas mariposas sin alas, que he arrancado para usar de sobre cama, cuando ya esté muerto de nuevo en el olvido de tu calma.
Te espero, soy solo el muerto egoísta que no quiere que lo olvides, que te canta esa canción de la que ya no recuerdas el nombre, mientras te hace el amor y deja clavos de ataúd en tu pared, con gusanos sin alas que obvias.
No soy yo el que llora amor, si no el hijo sin nacer que se fue conmigo a este silencio y este ritual de cada noche, pero no me olvides en los ojos perdidos que no parpadean, de mariposa negra que según la terapia, es un monstro que crece en tu cabeza,  desde la noche aquella en que me fui para siempre del espacio vacío en que me buscas, cuando la gente se va a casa porque se siente poco, expuesta a la intemperie; perdóname entonces si de pronto, ellos son mis mariposas sin alas, silencio en silencio que calla.

sábado, abril 02, 2011

Nada

Hace tiempo que no logro transformar una hoja en blanco en algo bello, o algo terrible, el estrés lo ha tomado todo y me ha reducido como a Gregorio Sansa a un triste remedo de metamorfosis de bichos que es atraído a la luz y revolotea alrededor de ella. Mi computador es testigo de mis noches en vela sin ideas ni talento alrededor de unas teclas que se niegan a hacer lo que quiero. 
Salgo a la ventana del  balcón a fumar y entonces solo encuentro al pájaro muerto sobre el techo del vecino que esta mañana choco contra el vidrio tratando de atravesar igual que yo una barrera invisible que es capaz de dejarme en nada, a expensas de los gatos que rondan el vecindario. Fumo sobre él, lo miro, una y otra vez, tratando al menos de inspirarme en una muerte sin ganas y sin sentido, quizás tratando que algún invisible venga a mí a dictarme sus palabras de demonio griego llamado por los dioses, pero hace tiempo que me han olvidado y ya no me hablan, mientras la hora de los muertos acaba.
Mi refrigerador es de dos puertas, meto arriba una cerveza para que se enfrié rápido, pero tampoco será esta poción de fin de semana, mis dedos torpes recorren torpemente el teclado sin conseguir lo que busco en esta madrugada revoltosa y caliente.
Ya poco puedo hacer por crear un personaje creíble que no sea yo, nada puedo hacer por que vuelva la musa, mientras veo a las palomillas revolotear torpes el mercurio de la luz pública que se apaga cada quince minutos, mientras la computadora que entra en estado de internación me llama de la misma manera, sin que yo pueda reactivarla diciéndole cualquier cosa que no sea nada.
La musa duerme y me siento infiel pensando en la muchacha, que no sé exactamente si la cree para un texto, o la vi esta tarde despreocupado mientras caminaba por San José.
Y vuelvo revoloteando al computador que se apaga a escribir tonterías, que sin pies ni cabeza vencen a la página en blanco, y que ustedes leerán mañana (o hoy?) dejando un pájaro muerto en el techo del vecino rociado por la ceniza de mi cigarro, a la vez que Bon Jovi confundido canta en los auriculares de mi computador, que entrando de nuevo al estado de invernación me avisa que las palabras para esta hoja en blanco son nada  y  que el sueño me ha vencido de nuevo esta noche en la que revoloteo atraído por esta luz, que ante la severidad de mi página en blanco llena de tonterías solo me lleva a sacar la cerveza de la puerta de arriba del refrigerador, y que me da una escusa para revolotear un rato más frente a esta pantalla llena de nada que por hoy lo es todo y es... y que con los Caifanes me dice, que cada piedra es un altar.

Deshora.